jueves, 29 de diciembre de 2011

UN AMOR ENTERRADO

Con tu llegada hace 15 años llenaste de amor nuestros espacios vacíos, inundaste con tus travesuras mis momentos grises, con tus besos estudiados me devolviste la alegría, fuiste la confidente fiel de mi travesía errática, aquellos momentos épicos de siestas infinitas, esos momentos en que con sólo mirarte tenía la certeza que sentías lo que vivía y respiraba en esos instantes, esos tus ojos de bruja sabia que me dictaban palabras de tranquilidad en las múltiples oscuridades, como fuiste testigo de excepción de mis desmesuras que asumiste callada, simplemente estando allí, evoco tu cariño inagotable con toda mi familia, recuerdo como fuiste la guardiana infatigable de las madrugadas laboriosas de mi madre, como ella te hizo parte de sus discursos.


El despertar fiel al silvido de mi papá, que aún piensa que te sacaba a pasear para que respiraras el aire impuro de Lima, cuando todos sabemos que en realidad eras tú la que acompañabas a mi padre en el breve camino al parque de la vuelta de la casa, por el amor sincero que le tenías. En mi memoria te tengo tatuada con un gorro que fue un engorro porque dinamitó tu intranquilidad canina y sustrajo tus fuerzas, nos causó mucha risa, sí, pero luego te lo quitamos para no continuar con este trance de zombi que te secuestraba.


Tantas cosas vividas, tantos recuerdos tallados en la memoria y en el corazón, tuvieron su final desgarrador el pasado lunes, cuando tres médicos nos dijeron que tu permanencia en este mundo era un acto de egoísmo, que tu sufrimiento no tenía retorno, que tus fuerzas habían partido en rigurosas dosis semanales, que la depresión se había instaurado en tu vida y que la flaqueza dominaba tu futuro.


Me diste una vida alegre, me escuchaste y me amaste y yo adoré cada mirada tuya, cada paseo por el parque, como movías tu cabecita en señal de pregunta, como subías a mi cama cuando estaba enfermo, como me acompañaste cuando te abracé y te conte que me había graduado de abogado, como me esperabas sin fatiga cuando llegaba a casa, sin importar la hora, siempre estabas allí para mí.


Y siempre estarás allí, siempre serás parte de mi, de mis miserias y mis éxitos, de mis tristezas y alegrías, de mi sonrisa y el llanto que se apodera ahora de mis ojos, porque cuando aquel lunes a la tarde te obligamos a renunciar a tu vida dolorosa y la vejez fatigosa, cuando tu corazón se detuvo por esa inyección mounstruosa y aberrante, cuando finalmente dejaste de temblar, en ese momento, en ese mismo instante de tu partida, se fue contigo una parte de mi vida y de mi alma.


Hasta siempre mi pequeñita ... mi Canelita.