La simpleza de la común existencia humana, y el grito interior que ahogo constantemente me obliga a escribir estas líneas afiebradas, agitadas, virulentas, nocivas, excentas de pudor y cortesía, esa tranquilidad malsana que constituye mi ropaje diario, la mansedumbre de un ser agotado de vivir bajo el yugo agoviante del trabajo remunerado y la sonrisa fácil para con cualquiera.
Este es pues el inicio de una catarsis agresiva, un ejercicio de exorcismo que pretende practicarse en primera persona, con la víctima y el victimario embutidos en el mismo cuerpo; en suma, el razonamiento que subyace al ser bipolar que habita en mí.
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